Soy todos los que he sido. Tom J. y La Jauría

Imagino a Tomás, un adolescente que se mira al espejo y finge ser Lou Reed. Imagino a Tomás con su primera guitarra eléctrica enchufada en su habitación, emulando a sus ídolos, entre ellos también Dick Wagner y Steve Hunter.

Imagino a Tomás descubriendo con pasmo el rock andaluz, posiblemente una luminosa mañana. Imagino a Tomás imaginándose en Triana, en el doble sentido de las posibilidades: en el barrio sevillano y en el escenario acompañando a Jesús de la Rosa, un sueño imposible. Imagino a Tomás comprando en los sótanos de la Gran Vía todos esos discos que le enseñaron caminos, escuchando las emisoras de radio que yo también escuchaba y otras que yo no, porque yo no vivía en Madrid.

Imagino a Tomás siendo todos los que ha sido, que no son otros que él y sus formas de representarse a sí mismo a través de los años. Tom J. y La Jauría son en realidad Tomás Salmerón y alguien que toca la batería y alguien que toca la guitarra solista por el canal derecho en el cuarto tema. Con todo eso ha montado un rompecabezas en el que las piezas encajan y forman una imagen coherente, su espejo y en parte también el de muchos de nosotros, un lugar en el que las guitarras dictan su ley y las historias encuentran su espacio.

Narrativas construidas con imágenes sugerentes propulsadas en una música robusta que sella todas las grietas. Ahí están los invitados a la fiesta que abre la colección de canciones, seres inquietantes y estrafalarios que son el reverso de aquellos otros que hace medio siglo entraban uno a uno en nuestras casas convidados por Jaume Sisa. A aquella fiesta nos hubiera gustado ir; a esta no, preferimos mirar desde fuera, por la ventana que nos deja abierta Tomás, el divertido desfile de personajes anunciados por un torrente de música.

En el centro de este universo existe una canción que nos lleva a una estación, la Banhof o la que quieras, una historia en la que es fácil entrar y que podría corear un pabellón entero si fuera la canción de otro, de esos exitosos artistas que arrastran multitudes y cuelgan el cartel de no hay entradas.

Hay de todo un poco en este puzle musical, tanto como anuncia su título, influencias de una vida que se desparraman cuando Tomás enchufa su guitarra y se acerca al micro con ese deje castizo, rockero y vacilón de quien se ha mirado en múltiples espejos y tiene algo que decir. En la última pieza ya no hay palabras, arpegios cesantes cierran el pasado y dejan abierta la interrogante de lo que vendría después.

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