«So Long, Marianne» se titula la serie sobre la etapa griega de Leonard Cohen, estrenada recientemente en Movistar. Son ocho capítulos dedicados a la azarosa historia de amor entre el entonces escritor canadiense (y músico en ciernes) y la nórdica Marianne Ihlen.
Ambos coincidieron desde lejanas procedencias a miles de kilómetros en Hidra, una isla de cuento en el mar Egeo, en el despertar de los años sesenta, un periodo de transformación personal y artística que unió intensamente a ambos enamorados durante una década, si bien los lazos de honda amistad se extendieron hasta sus muertes, acaecidas en 2016 con apenas cuatro de meses de diferencia.
«Estoy un poco detrás de ti, lo bastante cerca para cogerte la mano», escribió Cohen para el funeral de su amor isleño. La auténtica Marianne aparece en la serie en fase terminal y se recuerda ese mensaje que envió el canadiense: «Este viejo cuerpo se ha rendido, como el tuyo también. Nunca he olvidado tu amor y tu belleza. Pero eso ya lo sabes. No tengo que decir nada más. Buen viaje, vieja amiga. Nos vemos en el camino. Amor y gratitud sin fin».
Rebobinando medio siglo, Hidra era una fiesta para los espíritus rabiosamente jóvenes del momento. La isla vibró como un refugio donde la creatividad y las ansias artísticas confluyeron atraídas por su ambiente y belleza, un imán para talentos como lo fueron otros espacios de ensueño: Woodstock, Tánger, Saint Paul de Vence (Chagall vivió tanto en Hidra como en esta localidad más conocida por Picasso) o St. Ives, entre otras muchas burbujas de efervescencia cultural.
Por la serie desfilan poetas como el canadiense Irving Layton (Peter Stormare) o los escritores George Johnston y Charmian Clift. No puede faltar Alen Ginsberg, uno de los motores poéticos de la contracultura, interpretado por Ben Lloyd-Hughes. Cohen y Marianne Ihlen compartieron sus toboganes emocionales, con subidas hasta las estrellas de la pasión y descensos hacia dolores infernales sin cura. O como dice la canción que da nombre a la serie, «para reír y llorar y llorar y reír de todo de nuevo». No eran feos y aún no sabían que tenían la música.
Los directores de la serie, Øystein Karlsen, Ingeborg Klyve y Tony Wood han recreado con conmovedora intensidad los vaivenes de esos días de mar, vino y rosas, con tensiones y clímax continuos. El protagonista Alex Wolff guarda parecido con Cohen e interpreta con cierta solvencia sus composiciones tras preparar concienzudamente su papel.
La bellísima Thea Sofie Loch Næss encarna a Marianne, no con brillantez, pero sí con una hermosura que vale para la historia, que sí, que muy bien. La noruega vive con un pie en el aire y el otro sobre una cáscara de plátano tras su desembarco en la isla. El temprano embarazo se complica con la falta de compromiso del padre, el escritor Axel Jensen. Elige a Cohen como su náufrago favorito y él se entrega igual que haría José Luis López Vázquez: «un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo».
Cohen publicó en esa etapa la colección de poesías Flowers for Hitler (1964), así como las novelas The Favourite Game (1963) y Beautiful Losers (1966).
Una etapa bohemia en busca de su destino artístico, con los versos ardientes mirando con interés creciente a la guitarra. Justo en 1967 compone So Long, Marianne. Tiempo de pocas certezas y derivas tan gozosas como abrasivas. Cosas de los verdaderos poetas en mutación.
Al año siguiente sale su primer disco: Songs of Leonard Cohen. Esas letras y melodías nacieron en esos amorosos días.
Sus caminos se separan en 1972, una década larga tras el flechazo inicial, justo cuando nace un hijo de Cohen, fruto de su relación con Suzanne Elrod. Una década después de su muerte afloran notables trabajos audiovisuales sobre Cohen. Es curioso recordar que -además de esta producción canadiense y noruega- existe otro documental que ahonda en ese mismo periodo: Marianne y Leonard: Palabras de Amor (2019), igualmente digno de ver.
Pero quizá el mejor de todos los documentales sobre Cohen sea I’m Your Man (2005), realizado en vida del cantante. La fuerza interpretativa de Nick Cave bastaría para encumbrar esta cinta, pero hay mucho más aparte de las versiones de Rufus y Martha Wainright o U2, entre otros muchos talentos. Y ese ingrediente de potencia sobrenatural es la palabra poética de Cohen, pura filosofía que conmueve hasta el paroxismo.
La misión poética obliga a existencias nómadas a quienes deben cumplirla. Tras Hidra, los amantes se desplazan a Oslo, la tierra de Marianne, y luego dan saltos por Montreal, Londres y en Nueva York. Allí acaba esa historia, salvo el hilo cariñoso que guardan hasta el último aliento. Es lo que hacen los verdaderos trovadores desde la noche de los tiempos.
Cohen se ha elevado por entonces como un músico de talla mundial. Debe proseguir su búsqueda hasta el final. Nunca mintió. Ya cantó en su elegía: «hasta la vista, Marianne», despidiéndose desde el título. Así lo canta también el asturiano Héctor Tuya en su versión de Passing Throught: «Dime, Leonard, qué hay después del fin? / Yo no he visto ningún dios / Solo gente sin amor / Que lo busca dando vueltas por ahí».